25 Febrero, 2013

Recien ayer

1 19 de Agosto
2 Mi casa
3 El barrio
4 Mi primera maestra y Nina
5 La escuela
6 Soneto para una rosa
7 La vieja maestra
8 Sexto grado
9 El club
10 Bar Pancho
11 La guitarra
12 Los de fuego y Don Vicente
13 Juan Rodrigo – Molinero
14 Mi debut cantando
15 Penumbras
16 Porque yo te amo
17 Así
18 Te propongo
19 Rosa Rosa
20 Paris ante ti
21 Ayer te quise tanto
22 Yo la necesito
23 Ayer aún

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BAR PANCHO

Relato por: Sandro
 
Enfrente del Club había un bar llamado ‘Bar Pancho’ al cual me animé a entrar en la segunda noche de Carnaval porque había que muchos pibes de mi tamaño, no digo de mi edad, iban después de la milonga. A la tarde siguiente comencé a merodear por el bar y me jugué, tomé coraje y entré. Había una barrita jugando al metegol, que no me dieron bola. Había un muchachote de la vuelta de mi casa que me conocía, me miró y siguió en lo suyo. Me senté y apareció el mozo en mangas de camisa que me preguntó: “¿Qué va tomar?”. Por primera vez yo sentía que me trataban como a un grande y pedí una gaseosa.


Desde ese día comencé a ir casi todas las tardes después del colegio y alternaba con el club donde aprendí a jugar al básquet y al billar. Y en esas tardes, entre el bar y el club, alguien, un muchachón me dijo: “Tomá, hacete hombre” y me puso un cigarrillo entre los dedos y quizá creí que de esa manera iba a crecer más rápido, pobrecito! Lo encendí, tosí y me la banqué, sin saber que ese iba a ser el error más grande de mi vida. ¡Maldita sea aquella tarde, maldita sea!
 
Hoy, hoy cuando veo a pibitos más chiquitos de lo que era yo en aquella época con un faso entre los labios me dan ganas, te lo juro hermano, de meterles un cachetazo, hacerles volar el cigarrillo y abrazarlos fuerte y decirles “Nunca más, no lo hagás nunca más, te lo digo yo que esta mierda me llegó hasta el borde de la muerte”.

CANTADO

No olvidaré a aquella estudiante
que me juró para siempre su amor;
ni aquel amigo que juntos compartimos
un cigarrillo, una copa, una canción.
 
RELATO
 
Y allí, en el Bar Pancho, como diría Discépolo de chiquilín, pero desde adentro, aprendí todo lo bueno y todo lo malo. ¿Lo malo? Lo malo es mejor olvidarlo. ¿Lo bueno? Los códigos de la amistad, el jugárselas por un miembro de la barra, no meterse con una piba a la cual ya le había echado el ojo algún amigo, aunque estuvieras locamente enamorado de esa misma piba y las mil y una atorranteadas, como aquella del teléfono. ¡Qué cosa! La cosa era así: se elegía un número al azar, porque en aquel tiempo había muy pocos teléfonos en Buenos Aires; se escribía en la pared, donde estaba el teléfono del bar, y se comenzaba a llamar a ese número a eso de las tres de la tarde: “Hola! Por favor, me da con Ramón?”. Y del otro lado: “Perdón señor, con qué número quiere hablar?” “Con el 543627” por ejemplo. “Mire, el número está bien, pero acá no vive ningún Ramón”. “Bueno, disculpe la molestia”. Como a la media hora iba otro hasta el teléfono y otra vez “Hola Ramón”. “Perdone señor, aquí no vive ningún Ramón”. “Huy disculpe”. A la media hora, otra vez, pero otro atorrante. Y así a medida que pasaban las horas los llamados iban aumentando cada vez más y más. Y la pobre gente hacia el otro lado allá escuchaban el tubo y seguro que levantaban y decían “Acá no vive ningún Ramón” sin decir ni siquiera ‘Hola quién habla’. Cuando al tipo ya lo teníamos recaliente había uno que llamaba y decía: “Hola, habla Ramón, ¿hubo alguna llamada para mí?”.



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