25 Marzo, 2012

La vieja maestra

Estela Sandoval

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LA VIEJA MAESTRA

(Sandro)
Intérprete: Sandro

Sale de la cama cuando empieza a amanecer,
deja algunos sueños y otros los lleva en la piel,
y bajo la ducha se comienza a despertar,
mientras cae el agua que la hace tiritar
todos los inviernos baja la calefacción,
siempre es igual, qué maldición.

Busca en la cocina, pero se acabo el café,
y aunque no le guste, se conforma con un té,
que lo toma frío pues ya no puede esperar,
a que se caliente porque tarde llegará,
a tomar su tren que estará lleno una vez más,
donde jamás, se sentará.

Sale de la casa caminando bajo el sol,
y llega tiritando hasta el andén de la estación,
piensa que su abrigo ya no le brinda calor,
y si llega el aumento comprará alguno mejor,
de tela gris, o de otro color.

Compra su pasaje de manera habitual,
lo hace sin pensarlo, si el destino es siempre igual,
cuantos años hace ya la cuenta la perdió,
desde el primer día que a ese tren ella subió,
para estar a horario en esa escuela en la ciudad,
donde empezó, a trabajar.

Mira los afiches donde la publicidad,
crea el espejismo de adquirir seguridad,
pues tener tal cosa hará cambiar su porvenir,
y al leer aquello se le da por sonreír,
con esa amargura de saber que no podrá,
nunca quizá, nada comprar.

Al llegar el tren, se olvida de su reflexión,
y apurando el paso se aproxima hasta el vagón,
donde la esperanza viaja con la frustración,
casi al mismo precio que se paga la ambición,
de progresar, para poder, vivir.

Parte con su carga lentamente el viejo tren,
lleva en sus entrañas solitaria una mujer,
la vieja maestra de esa escuela de ciudad,
donde hijos ajenos, son ajenos nada más,
juega a ser la madre que ella nunca pudo ser,
pues nunca se dio, tiempo a querer.

Al caer la tarde nuevamente volverá,
y sabe de antemano que nadie la esperará,
no habrá olor a hombre en esa fría habitación,
tan sólo un calor débil si es que hoy hay calefacción.

No habrá quién le quite el viejo abrigo, y en la piel
lleva tanto frío que quizá un buen té con miel,
traiga hasta sus carnes por un rato algún calor,
que hasta se imagine que está envuelta en el amor,
de alguien que ya, nunca podrá, sentir.

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