6 Febrero, 2012

Recien ayer

1 19 de Agosto
2 Mi casa
3 El barrio
4 Mi primera maestra y Nina
5 La escuela
6 Soneto para una rosa
7 La vieja maestra
8 Sexto grado
9 El club
10 Bar Pancho
11 La guitarra
12 Los de fuego y Don Vicente
13 Juan Rodrigo – Molinero
14 Mi debut cantando
15 Penumbras
16 Porque yo te amo
17 Así
18 Te propongo
19 Rosa Rosa
20 Paris ante ti
21 Ayer te quise tanto
22 Yo la necesito
23 Ayer aún

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MI CASA

Relato por: Sandro

Me crié en una casa de inquilinato; léase, conventillo, ohh va… yoativenco, donde cada familia tenía su pieza y su cocina; el baño, eso sí, era comunitario. Es decir, había uno solo para toda la casa, con algunos vidrios rotos donde había que tapar los huecos con papel de diario en invierno para que no se colara el frío; el inodoro sin tapa, la descarga a cadena y minga el agua caliente, te la tenías que llevar vos.
 
La cosa era así:
Primero: avisabas que te ibas a bañar; segundo: tapabas los agujeros como dijimos; tercero: metías el Primus, que era un calentador a kerosene de bronce que las señoras del yotivenco mantenían lustrado como si fuera el sable de San Martín pa’darse dique con las otras a la hora de calentar la pava para el mate.

Ay Dios mío, como dije, metías el Primus, te llevabas una ollita con agua caliente, el jabón, la toalla y un jarrito.

Primero te mojabas la cabeza con uno o dos jarritos de agua tratando de usar poca agua, te enjabonabas bien y después te volcabas en la cabeza y en el cuerpo lo que había quedado en la ollita, que ya a esas alturas se había enfriado un poco puaaa!!! qué maravilla Dios mío, qué maravilla!. Bueno.
maravillosa si no era que alguien por necesidad y urgencia te ocupaba el baño jaja. Punto y aparte.

Y el otro elemento comunitario era el piletón, una sola canilla para toda la casa. Un señor se lavaba los pies; detrás una señora esperaba para colar los fideos; más atrás uno quería lavar el pincel lleno de pintura al aceite; y el que lo seguía era otra señora que quería poner a enjuagar y dejar en agua su ropa de cama con azul blanqueador. ¡Increíble! ¡Ni Fellini!
 
Pero el conventillo de alguna manera nos unificaba; era, era como otra gran habitación de esa gran casa que era el barrio, con los pibes jugando en la calle. De ahí que siempre he dicho que yo fui un pibe callejero no un pibe de la calle.
 
En verano los vecinos tomando el fresco en la vereda, con sus sillas, su hamaca, matiando, discutiendo sobre futbol o política ellos; y ellas, sobre los escotes de la Lollobrigida la descarada ésa jaja; o alguna trampa que otra que se chismeaba por el barrio.

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