29 Enero, 2012

Mi primera maestra y nina

Estela Sandoval

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1 19 de Agosto
2 Mi casa
3 El barrio
4 Mi primera maestra y Nina
5 La escuela
6 Soneto para una rosa
7 La vieja maestra
8 Sexto grado
9 El club
10 Bar Pancho
11 La guitarra
12 Los de fuego y Don Vicente
13 Juan Rodrigo – Molinero
14 Mi debut cantando
15 Penumbras
16 Porque yo te amo
17 Así
18 Te propongo
19 Rosa Rosa
20 Paris ante ti
21 Ayer te quise tanto
22 Yo la necesito
23 Ayer aún

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MI PRIMERA MAESTRA Y NINA

Relato por: Sandro
 
El tiempo, el tiempo; mágica e infantil manera de medir las sensaciones, los recuerdos, las emociones. Porque para mí, parece que fue ayer cuando mi viejita en una mañana de verano a mis cuatro años me llevaba de la mano a ver una maestra particular. La Señorita Ursiole, porque en esos tiempos no existían los jardines de infantes.

Mi viejita, que según me han contado era una piba que le encantaba ir a bailar, le gustaba cantar, cantaba bien, eh? con una voz chiquitita, mi viejita. Mi viejita decía me tuvo a los 20 años y a los 21 se le declaró una artritis deformante que la transformó de una mariposa alegre y cantarina en una mujer que, año tras año, se fue entumeciendo por afuera y endureciendo por dentro. Que año tras año fue caminando más lenta y dolorosamente; cada mañana un nuevo dolor cada día un nuevo suplicio que mi viejita soportaba estoicamente y a veces, con mucho humor.

Nina casi no, no podía andar, ¡pero volaba! Volaba con las alas de los sueños, y de allí el interminable caudal de fantasía con la cual supo bañarme y dejarme en la piel el aroma de la imaginación. Como a todos los pibes me leía cuentos, porque guarda, en aquella época todavía no había llegado la televisión a la argentina, pero no eran cuentitos de los ‘Tres Chanchitos’, ‘Caperucita’ … nooo!! me leía ‘Las mil y una noche’ en su versión original; imagínense lo que era mi cabecita: era el depósito de las alfombras voladoras y de los tesoros robados por ‘Alí Babá y los 40 ladrones’ y qué sé yo.. tantas y tantas historias.
 
Nina, la renguita que llevaba al nene al colegio o a las salitas de primeros auxilios a vacunarlo contra la polio; la que hacia el mejor budín de pan que haya comido; la que, con sus deditos deformados, bordaba mis iniciales en la ropa, cuando me fui a la colonia de vacaciones del frigorífico Wilson, donde trabajaba mi viejo en las mañanas por aquellas épocas; Nina la que inventaba una sonrisa, una sonrisa para mí tras las lágrimas de un dolor insoportable. Viejita, mamá, ¡qué no daría hoy por seguir teniéndote!
 
Bueno, como iba contando, recuerdo aquel patio grande donde, debajo de una parra, había muchas mesas ocupadas por chicos de todas las edades. La maestra me observó y me dijo con mucha ternura “¿querés venir?”; y aquel tono y la mirada de aquellos ojos claros me hicieron tomar la gran decisión de separarme de mi madre por primera vez, en mi tan corta vida. ¿Cuándo empieza? pregunta mi madre. El lunes, dijo la maestra. ¿Y qué tiene que traer? Un cuaderno cuadriculado, un lápiz negro y una goma, eso es todo. Jajajaja igualito que ahora! Y así fue que me encontré con el gato de la ‘g’, con el oso de la ‘s’ con toda la fauna ortográfica con la cual aprendí a escribir y a leer con el libro Pimpollito.
 
CANTADO
 
No olvidaré las manos de mi madre
ni esa maestra de un grado inferior
que me enseñaba las letras sin palabra
con las que hoy escribo esta canción.

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