15 enero, 2010

El caso de Sandro

Mimosa

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Los datos de la biología no son nada separados de la biografía que les da significado.  Sólo sus seres más cercanos -incluidos quienes lo asistieron- conocen toda la verdad.  Ellos son los únicos que miraron y fueron mirados por alguien con una empecinada voluntad de vivir.  El caso de Sandro promueve la toma de posición y abre un espacio para el debate.  Es una oportunidad para quitar el velo del prejuicio y la ignorancia sobre estos temas. Una sociedad que esconde a los moribundos y que concibe a la muerte como un fracaso, huye del momento final de la existencia.

Los médicos enfrentamos todos los días situaciones donde se hace necesario tomar decisiones trascendentes en escenarios cargados de angustia y de vértigo. El peligro es quedar subyugados por  la tecnología y alimentar la ingenua ilusión de que morir no es un destino inexorable.  Convertirse en un experto en soporte vital es un proceso complejo y arduo para cualquier médico.  Pero saber cuándo y cómo emplearlo es una tarea que no tiene fin, que demanda el consenso de la sociedad y que no admite soluciones de manual.  La medicina no consiste en la aplicación automática de respuestas estandarizadas ante la enfermedad.

Sandro, como cualquier persona en situación crítica, constituye un caso único e irrepetible. Los protocolos científicos orientan la acción, pero es el “arte” de la medicina el que permite decidir el modo de aplicarlos.  Se ha descripto el “encarnizamiento terapéutico” como una desviación enfática de los recursos tecnológicos sobre pacientes que no tienen posibilidad o voluntad de beneficiarse de ellos.  ¿Pero qué sucede cuando alguien muestra una firme decisión de enfrentar el desafío y acuerda con los procedimientos utilizados, incluso cuando sus posibilidades resulten mínimas? La medicina puede ser víctima de sus propios éxitos.  Son sus extraordinarias posibilidades de dar soluciones las que pueden engendrar nuevos problemas.  Hay un escenario donde las competencias técnicas resultan insuficientes y se hacen imprescindibles las conductas éticas y los fundamentos morales.

La filósofa Diana Cohen Agrest, investigadora de la UBA y magíster en Bioética por la Monash University de Australia, me decía ayer que Sandro no era un paciente más.  “Mientras que por regla general, las decisiones terapéuticas permanecen en el círculo del equipo médico, los familiares y sus allegados, en cambio, en la historia del popular cantante, desde un principio se tuvo plena conciencia de que las expectativas inauguradas por cada nuevo tratamiento tendrían un alcance y un peso emocional que sólo los ídolos pueden convocar.  La agonía de Sandro, en cierto modo, era la agonía de un pedazo de vida de cada uno de sus fans.  Responder ante el paciente, la familia y los allegados no es fácil.  Mucho menos lo es cuando el equipo médico transmite en cada parte médico, una esperanza o una derrota que, por un efecto mediático de amplificación, conmoverá a incontables fieles de ese dios mortal que fue Sandro”.

El médico terapista Carlos Gherardi, jefe del comité de bioética del Hospital de Clíicas, aclara en su libro “Vida y muerte en terapia intensiva” la diferencia entre las expresiones “dejar morir” y “permitir morir”.  Una sugiere abandono, la otra toma en cuenta la inevitabilidad de la muerte y la dignidad de recibirla en las mejores condiciones posibles.  Los médicos no sólo curan, también cuidan, acompañan, confortan al paciente y a su familia en los trances más dramáticos de la existencia.

Es probable que pueda cuestionarse la indicación del trasplante en el caso de Sandro.  Lo que no admite cuestionamientos es lo que acordaron en la intimidad de sus encuentros sus médicos y él.  Tampoco la esforzada determinación de llevar ese acuerdo hasta las últimas consecuencias que todos pusieron de manifiesto.  Cuando la perseverancia no es obstinación sino la consecuencia de un pacto, cuando se respeta la voluntad del paciente, no puede hablarse de encarnizamiento.

Para Gherardi, “la aceptación de todos los riesgos probables y luego la de enfrentar complicaciones de la operación, revelaron una voluntad y un superlativo esfuerzo por vivir del paciente, que creo releva a la situación, de la denominación de encarnizamiento terapéutico. No se perdió la idea directriz y el paciente consintió y avaló (con su participación activa) todos los actos médicos que se intentaron”.

Las fantásticas posibilidades de la medicina no podrían emplearse de modo responsable si no se acompañan de la reflexión de toda la sociedad respecto de sus límites.  Nada que ponga en riesgo la dignidad de las personas puede considerarse un problema confinado a los expertos. Para Sandro y para los miles de personas que compartieron su agonía minuto a minuto, la medicina no puede ofrecer más respuestas que las que, entre todos, decidamos adoptar.

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