13 enero, 2010

El padre Lalo habla sobre Sandro

Mimosa

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Contó que, en el último tiempo, el Sandro ya no oía pero le leía los labios. “Soy un privilegiado”.

“Para Navidad, cuando ya me estaba yendo, me juntó las manos y moviendo los labios me dijo: ‘Gracias’.  Me sorprendió porque yo no estaba ahí para que me agradeciera, sino para acompañarlo”. Ésta es una de las tantas vivencias del padre Lalo Carreras, párroco de la Sagrada Familia de Guaymallén,  que acompañó a Sandro y a su familia casi hasta el desenlace. 


 Lalo cuenta que dos días después de que le realizaran el trasplante al Gitano se acercó al Hospital Italiano para brindar contención cristiana, pero que no lo dejaron entrar.  Sin embargo, fue la propia esposa del artista la que después le pidió “que no los abandonara”.

Luego de haber ingresado al círculo íntimo de Roberto Sánchez , el sacerdote colaboró con una imagen de Leonardo Murialdo para engrosar el pequeño santuario que había en la habitación del artista.  Completaban el “elenco de santitos” –como dijo Lalo– la Virgen de Lourdes, San José, el Sagrado Corazón de Jesús y una Rosa Mística.  “Y siempre había una rosa roja como emblema de sus canciones”, aclaró.

Según contó Lalo, Sandro nunca perdió el humor.  “El último día que estuve con él (el domingo, cuando le dio la Extremaunción) no estuvo ido pero sí cansado.  Su espíritu era, en general muy positivo, siempre estaba con una sonrisa.  Además era muy rezador y le ponía mucha fuerza al rezar juntos el Padre Nuestro”.

El sacerdote brindó detalles que no habían trascendido a la prensa, como que, por ejemplo, a consecuencia de la medicación que le estaban suministrando, Sandro había perdido parte de su audición.

Sandro 173 “Cerca de la Navidad le comenzaron a dar una medicación muy fuerte para combatir esa bacteria que lo tenía a maltraer, y eso le afectó un poco la audición.  Justamente esa medicación la iba a terminar el 6 de enero.  Mirá vos…  Pero él no se hacía problemas:  me leía los labios y listo.  La verdad es que eso me intimidaba positivamente, porque él quería pelear, quería cantar.  Su prioridad era la vida”, detalló el sacerdote.

En alguna oportunidad, el Gitano y Lalo se comunicaron por escrito, aunque no fue mucho lo que el artista le dijo al sacerdote:  “Él sabía que estaba en manos de Dios desde el principio, eso escribió una vez”.

En este sentido, Sandro se mostró siempre muy devoto.  “Cerraba los ojitos, vivía la oración con mucha unción.  Movía los labios al rezar el Padre Nuestro o el Ave María.  También vivimos momentos de oración con todo el personal.  Una vez rezamos un grupo de enfermeros y unos técnicos.  La verdad es que fue muy emocionante.  Soy un privilegiado.  Dios estaba haciendo falta en ese hospital”, cuenta Lalo.

“Refachero”
Respecto de su aspecto físico, el sacerdote desmintió que Sandro estuviese demacrado o flaco.  “Para mí se veía normal.  Además, siempre cuidaba su aseo, pedía un peine para arreglarse el pelo. ¡Estaba refachero!”, dijo entre risas.

La experiencia vivida por Lalo durante estos días hizo mella en su carrera como sacerdote, a punto tal que ha decidido seguir brindándole asistencia a los enfermos del Italiano.

La estrategia para que lo dejaran entrar
El domingo 22 de noviembre, dos días después de que a Sandro le practicaran el trasplante, el padre Eduardo Lalo Carreras tomó coraje y fue al Hospital Italiano.  El día anterior varios amigos le habían insistido que fuera a visitar al artista pero tenía miedo de que no lo dejaran entrar.  Y así fue.

“Me levanté a las 7 de la mañana y me fui para allá.  Cuando llegué me dijeron:  ‘¿Padre Lalo?.   ¿Y vos quién sos?’ –contó entre risas–.  Pero bueno… logré dejar mi teléfono por si me necesitaban.  Al día siguiente me llamaron para pedirme el teléfono del padre (Darío) Betancourt”.

Betancourt es un sacerdote colombiano itinerante conocido por su carisma de sanación.  Lalo ofició de anfitrión en marzo del año último cuando el cura dió unas multitudinarias misas y disertaciones catequísticas en las instalaciones de Murialdo.  Ese hecho llegó a oídos de la esposa del artista y por eso lo contactó.

“Les dije que Betancourt vive en Nueva York y que no tengo contacto con él, y les advertí que había ido al hospital y no me habían dejado entrar.  Cinco minutos después me llamó Olga (Garaventa, viuda del artista) y me pidió que fuera.  Me recibió y rezamos un rato.  Así nació algo muy íntimo, a punto tal que ella me pidió que no los abandonara”, relató el cura.

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