11 enero, 2010

Sandro de América

Mimosa

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Sandro de América.

Sandro, al igual que Gardel y Lucho Gatica, pertenece a toda Latinoamérica, porque tangos, boleros y rancheras se escuchan en cada casa humilde, delineando un imaginario que se ha transmitido de madres a hijos.

Nadie como Sandro ha sabido cristalizar en sus canciones el alma melodramática de Latinoamérica.  Desde Gardel, pasando por

Lucho Gatica, y hoy Juan Gabriel o Marco Antonio Solís, “Sandro de América” ha sido capaz de expresar un cierto imaginario profundo de la cultura de arrabal.  América Latina se deleita en las amarguras y tribulaciones del amor contrariado, el despecho, las lágrimas de amor desesperado:  “¡Dame el amor, dame la vida!”.  Como en la novela rosa, el protagonista es el amor y la mujer, humillada en la vida social que lanza su estocada al “macho” con su mejor arma:  el deseo y el amor.

El mayor exponente mundial de este género es Chaplin, que plasmó su talento en “City lights”, donde “La violetera” resuena contra el silencio, mostrándonos los brillos del melodrama.

Alimento cotidiano de millones de mujeres para sus fantasías, el lirismo melodramático ordena y prescribe el mundo emocional latinoamericano.  Lo melodramático es, ineluctablemente, cursi y con aromas de pachulí, he ahí su singularidad.   Ella, como objeto de deseo, alimenta el empalagoso almíbar del melodrama:  “Tus labios de rubí de rojo carmesí…”. El sufrimiento es parte constitutiva del relato.  Tanto en las canciones como en el radioteatro y las telenovelas se apela a situaciones rebuscadas para el llanto:  por ello se habla de “picar cebolla”.  Cada canción es un episodio “cebolla”, una situación límite:  “Penas y penas y penas hay dentro de mí…”.

A diferencia de otras culturas, en que lo melodramático está presente como soap opera o “culebrones”, y en figuras como Sara Montiel, cuyo tema “El relicario” es ya inmortal, en nuestras tierras el melodrama constituye un código básico.

Hay una concomitancia evidente entre la cultura popular melodramática y las formas políticas populistas latinoamericanas, asentadas precisamente en dicho imaginario.  Todo caudillo latinoamericano es, consciente o no, el protagonista de una historia de amor “cebolla” con las masas plebeyas.  No podemos olvidar que todo caudillo se identifica con su pueblo desde códigos preconscientes, allí se verifica la alquimia de su atractivo.  Visto como pura exterioridad, el melodrama es estéticamente “kitsch”.  Ello no da cuenta, sin embargo, de la genuina experiencia emocional que supone esta variante.  Se trata de cuadros emocionales de trazos gruesos y colores primarios, sin matices.  El melodrama es la “inteligencia emocional” de las masas en Latinoamérica.  Por ello Sandro es hoy objeto de culto como exponente de esta forma de arte.

Sandro, al igual que Gardel y Lucho Gatica, pertenece a toda Latinoamérica, porque tangos, boleros y rancheras se escuchan en cada casa humilde, delineando un imaginario que se ha transmitido de madres a hijos.  Como un soterrado código emocional y sólo comparable a la religión, el vino del melodrama se bebe en una copa rota que hiere los labios: la “cebolla” es uno de los pilares de nuestra cultura y Sandro ya la ha cantado para siempre:  “Arráncame la vida de un tirón que el corazón ya te lo he dado.  Apaga uno por uno sus latidos, pero no me lleves al camino del olvido”.

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