10 enero, 2010

Se fue un hombre de barrio

Mimosa

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Sandro de América: Se fue un hombre de barrio: “Yo no compro lo que vendo

Comenzó como un remedo criollo de Elvis Presley y triunfó como baladista.  El misterio que lo rodeó fue fundamental para convertirse en leyenda.

Esta es la historia de un hombre que quería ser cantante de rock and roll y se tuvo que conformar con ser mito.  Es también una historia que se resiste a ser fábula: aquí no hay moraleja, apenas misterio.

Estamos hablando de una de las invenciones más minuciosas e intrigantes del espectáculo argentino.  Él decía que Roberto Sánchez inventó a Sandro.  A esta altura, habrá que sospechar firmemente que Roberto Sánchez era Sandro y que finalmente ésta fue la historia de un hombre que se inventó a sí mismo.

Como todos saben, antes de ser “Sandro de AméricaSandro fue de Valentín Alsina.

El dato no resulta menor para la construcción eficaz de la leyenda:  como Gardel o Maradona, su origen humilde y suburbano lo proveyó de una sabiduría extraña:  con el marco inasible de su carisma y su risotada imbatibles, Sandro solía decir mentiras perfectas que sonaban a verdades absolutas.  Como los chicos, sabía jugar los juegos con la seriedad que corresponde.  Conocía sus límites y los límites del artificio.

Todas estas características no son otras que las que definen a un artista. Sandro era un artista que además cantaba.

Se consagró cuando sacudió la pelvis en Sábados Circulares de Mancera.

Venía de frecuentar la bohemia de La Cueva, el sótano donde Lito Nebbia, Miguel Abuelo, Tanguito, Moris, Javier Martínez y otros fundaron el rock argentino.  Con el primer dinero se compró una Moto Guzzi modelo 46 que estacionaba en el cordón de los conventillos de Alsina.  Su padre, Vicente, trabajaba en el frigorífico Wilson.  Su madre, Nina, leía historias árabes en el palier.

Él seguía parando en el Bar Pancho, pero ya esporádicamente.  Cada vez tenía más shows, fama y dinero.  Por entonces comenzó a acuñar frases y sentencias que repetiría por décadas con el énfasis de quien las dice por primera vez:  “De mi casa para afuera soy Sandro;  de mi casa para adentro, Roberto Sánchez:  yo no compro lo que vendo”.

“¿Mi secreto? No tengo: simplemente uso jeans como si fuera un smoking y smoking como si fuera jean”.

“Mi única obsesión es no dar lástima en el escenario”.

Después de cantar en el Madison Square Garden de Nueva York, el 11 de abril de 1970, en uno de los primeros eventos musicales televisados en vivo a buena parte de América, el éxito desfondó cualquier previsión.

El fenómeno de Los Beatles había cambiado drásticamente los modales en relación entre fan y artista: corrían tiempos de fiebre enfervorizada, amor y locura.

Sandro comenzó a filmar películas populares -que no buscaban otra cosa que cabalgar sobre el suceso musical y afirmarlo-, y a mantener una sorda competencia con otros exitosos cantantes de la época, como Palito Ortega y Leonardo Favio, en la conquista de América.  Todavía no era el mito indiscutible. Era, sí, el ídolo de una buena porción de los jóvenes.

Para los que gustaban del rock nacional o, por ejemplo, de cantantes de los llamados “testimoniales”, como Joan Manuel Serrat, Sandro era un cantante “complaciente” que basaba todo en su imagen.

Cuando empezó a dejar de ser el remedo criollo de Elvis Presley para -por el paso del tiempo o por simple intuición artística- ir vislumbrándose como el crooner que era, Sandro observó cómo el furor menguaba.

Ya había dejado de ser un fenómeno discográfico, ya su búnker de Banfield se había convertido en el hogar blindado que lo aislaba de las desmesuras del fervor pop y, al mismo tiempo, en una usina de rumores desopilantes.  Si a principios de los ’70 tuvo que desmentir supuestos contactos “con la guerrilla”, tiempo más tarde le endilgaron hijos (“a partir de hoy parece que tengo exactamente 5 hijos”, ironizó en 1977), variadas inclinaciones sexuales, enfermedades y un variopinto desfile de mujeres por su cama.

Lo concreto es que la vida íntima parecía bastante más discreta que las fantasías alimentadas desde diferentes fuentes:  la ocupaban simplemente algunos amores (Julia Viscani, Tita Rouss, quizá María Marta Serra Lima, después María Elena Fresta) y el cuidado de su madre Nina.  Sus licores preferidos champagne, whisky, gin, y una cantidad de tabaco que durante dos décadas rondó los 80 cigarrillos diarios.

“Nadie maltrató tanto su cuerpo como yo”, dijo alguna vez entre el arrepentimiento y la vanagloria.  La historia de Sandro era, también, espejo de los valores de cierta clase media barrial.  A pesar de que en él se hacían carne muchos de los contrastes y contradicciones de la argentinidad, el prototipo no llegó a degenerar en caricatura.

Sandro, el ídolo, Roberto Sánchez, había nacido en la Maternidad Sardá a las 3.20 del 19 de agosto de 1945.

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